Restos de pandemia en primavera

por Daniel Mutchinick

Cuadro: Suave como luz
Jeuroz´22

Este título ya adelanta. Los restos crean si los dejamos ser causa. Buena apuesta.

En esta peste, nuestra práctica se sostuvo por la introducción de un trasto tecnológico que nos permite oírnos y a veces vernos a la distancia. Dick Tracy lo hizo.

Este cachivache introdujo ciertas formas que se instalaron rápida y masivamente produciendo modificaciones de todo tipo. Quitaron lo formal, que no es poco, en cuanto la implicancia de la reunión cara a cara de al menos dos, su reserva y fundamento. A su vez alivianaron las consecuencias del encuentro de esos cuerpos, contagiando levedad, futilidad, ligereza. Se generó un modo que cayó bajo el enjambre de lo podemos llamar, siguiendo a Zygmunt Bauman, “modernidad líquida” por las características de fluidez, cambio, flexibilidad y adaptación. Desplazándose con facilidad, el encuentro no se ata al tiempo ni al espacio.

Manoteo sin vergüenza lo que me conviene de estos conmovibles desarrollos, para poder decir con estos adjetivos prestados por la parafernalia filosófica. Así nombrémoslo líquido entonces. Si se puede decir esto del amor más derecho aún tenemos, un psicoanálisis líquido. Este término, disoluto, y al que no lo sigo en muchas derivas que debe apuntar, lo poco que imagino, sirve para mis intereses: ubicar al psicoanálisis actual tal como creo se desarrolla en esta modalidad pantallezca.

Lo líquido anima una consistencia que hace idear que se sostiene lo que se sostiene y lo que no se sostienen no. Se escurre entre los dedos. No intentes detenerlo. Es lo que humedece y se perdió. Como la pantalla, si está prendida, si no hay un corte de conexión.

Sin argamasas externas que le den consistencia, ni promesas de hasta que la muerte nos separe, ni escribanías que dicten su duración ni su cumplimento de objetivos. Postrada al altar de la contingencia, que sea si es. Si hay, hay

Hace unos años, pensando en el fin de análisis, comenzaba a tomar fuerza la idea que ahora se me sostiene más. Que eso que tanto originó cuestiones y desparramó litigios y divisiones en el campo psicoanalítico, mostraba una obviedad que no debía ser dejada de lado. Por el contrario, sostenía una verdad para escuchar, que el fin de análisis se hacía presente cuando alguien no tuviera más ganas de ir a hablarle a alguien sobre si.

No lo sostuve, no me autoricé lo necesario frente a las críticas que levantaba cuando atisbaba mi idea, así que no se me ocurrió mejor manera para atenuar riesgos que escribir un libro sobre el fin de análisis para que no se note. Pero de alguna manera ahí está, no creo que nadie se tome el trabajo de buscarlo pero está. No muy claro pero está. Escribí un libro para no decir fuerte esto que digo ahora. No es ineficiente como causa por cierto. Pero bueno, es lo que hubo. Un fin de análisis es cuando se acaban las ganas de alguien de hablar de uno, a ese.

Llamábamos interrupción de un análisis cuando imprevistamente alguien nos comunicaba no voy a ir más. ¿Por qué no era eso un fin? Nuestra debilidad mental pedía razones. Elaboración, acuerdo. Garantías. Comisiones de garantías hubo en instituciones para decretar que ese que se iba sabia hacer lo que un fin de análisis implicaba. Y aquí se armaba. Nuevamente se confundía fin con fines.

Estas huevadas fueron sabiamente iluminadas por un efecto que esta novedad tecnológica traía consigo: la caída del sistema, la interrupción de la comunicación. Es para escuchar esta intromisión. Nunca así lo real puntuó de tal manera. Joycianamente. Sin decisión de nadie. Como una orden divina. Se terminó. Se cortó. Y si continuó, continuó, si hubo una sesión después, hubo. Y si no, no. Pero lo novedoso de una tal interrupción fuera de todo pensar es enseñante.

Tratando del arte se dijo, no recuerdo bien quién, “El arte sucede”. Pues bien el psicoanálisis sucede. Y cuando no sucede no sucede. Y las ganas son un color esencial. No importan las causas de esas no ganas, no importa si se acaban las ganas si no hay padecimiento por ellas. Si no se requiere saber sobre ellas.

En realidad me sucedió con esta idea de fin como la Penélope que espera sentada en la estación el tren en dónde llega el amado, en una canción de un catalán y que cuando él llega no lo reconoce. Y tiene razón. No es exactamente lo mismo que recordaba de esa época. Esto no es aquello. Pero con mi idea, esta versión de ahora me gusta, se le parece y la acepto. Con los años la quejumbre histérica es imperdonable.

Por cierto este psicoanálisis líquido no liquidó al psicoanálisis. Por el contrario el uso de esta tecnología llamada virtualidad, reforzó fuertemente algunas cuestiones que el psicoanálisis, pese a no pocos psicoanalistas, sostiene. Por ejemplo, barrió de un plumazo con las ilusiones técnicas, pateó el tablero de cien años de resguardo de esas garantías científicas: Técnica psicoanalítica. Cómo no nombrar aquí la falacia editorial que tituló “Escritos técnicos” la edición de algunos textos de Freud. Y justamente después de Freud se inundó, disfrazada como teoría, modos forzosos, imprescindibles, para realizar la práctica que él inventó. Desde un Otto Fenichel, entre muchos otros, con sus “Teoría de la Técnica Psicoanalítica” a un Donald Meltzer que ya instalado en su nido kleiniano en Londres asfixio, con su obsesivo encuadre de traje gris siempre igual y muebles y decoración inamovibles. Caracteropatía del tedio, la llamo con dulzura. Ejemplos paradigmáticos pero ciertamente no únicos.

Después de un maestro que originó conceptos vinieron los tecnócratas a poblar sólida medicina, firme psiquiatría, estable ciencia. Prestos a sostenerlo porque si no se cae y, por supuesto, no haciendo otra cosa que abatirlo. Recuerdo ahora a uno de estos iluminados que mirando el horizonte como un bello amanecer, me quería convencer de incluirme en un proyecto asociativo, diciendo qué se debía hacer para resguardar al psicoanálisis de vaya a saber que peligros heréticos, con una institución que regule. Para hacer una lectura de los maestros como se debe. Libre de desviaciones.

Después que se inventa el invento el aplastamiento científico es lo normal. Los tecnócratas legislan desde la debilidad mental. La debilidad mental cuando lee lo nuevo propaga un modo de hacer con él. Lo psiquiatriza. La ocurrencia que le convenía a Freud de un tiempo para descansar entre pacientes fue suficiente para que la IPA dijera que las sesiones duraban cincuenta minutos. A Lacan se le ocurrió que algo propio que se producía en la sesión determinaba su propio fin y que había que escuchar y sancionar con el corte. La nueva camada de tecnócratas bien orientados nos indica que la sesión debe ser corta. A Lacan lo excomulgaron por practicar su creencia y ellos orientaron sólidos vientos sobre esa resistencia. Repitieron la excomunión creyendo que la cuestionaban.

Conocí un tiempo en que la teoría del encuadre era central para saber cómo escuchar. Ahora también deben circular esas ideas, seguro, pero ya no me junto. Por ese punto empezó mi educación sentimental mi primera supervisora, la que me hizo anotar no menos de treinta indicaciones, una debajo de la otra, las conté, de cómo debían ser las cosas. Como recibir, como despedir, como cobrar, la luminosidad adecuada, cómo mirar, el tono de voz profesional, cuando intervenir y mucho, mucho más. No aburriré. Yo creía iba a ser por eso un analista y supongo que más de uno se sanó pese a mí. Venir a la consulta, hablar, pagar no curan poco. Y además había que saber qué decirle a ese que padecía. La interpretación ajustada como el tono de vos. En este punto tomé lo que Freud indicaba a la asociación libre. Tomé de ahí mi idea testaruda de la ocurrencia como escucha que saldó, bien para mi gusto, esta cuestión de tener que comprender, a mi modo de ver, la más universal resistencia del analista.

Unas de las virtudes de la pandemia es que purgó innumerables maneras establecidas como imprescindibles, forzosas, obligadas, al mismo tiempo que subrayó, resaltó, lo que la simpleza de Lacan no podría haber dicho mejor: El psicoanálisis es una práctica de la palabra.

Con la popularización de este artilugio técnico de la virtualidad centralizó lo que es central, la palabra. Sin eso no hay. Y no cualquier palabra. Cuando Freud introdujo en la cultura el trabajo de los sueños, le llegaban cartas pidiéndole analice el sueño que estaba ahí escrito. Él se libraba de hacerlo argumentando que sin asociación no había interpretación posible.

Aceptemos como indicación que no es suficiente la palabra. Sin aceptar como bastante que el problema es que sea porque esté escrita y no dicha. Podríamos discutir esto. Pero ¿Qué obstáculo encontraba Freud? O mejor dicho ¿Qué no estaba presente? ¿Qué no era presencial en la carta que le llegaba? Digámoslo rápido: huellas subjetivas. Rastros del sujeto. La presencia del sujeto en acto enunciativo. No había tropiezo, falla u olvido que lo apuntara. La asociación libre era en ese momento signo del sujeto para Freud. Y no andaba errado.

Hoy podemos decir que es la enunciación lo que hace diferencia. Y eso no es difícil de encontrar en la virtualidad. Se produce, se hace su lugar y la palabra no deriva obvia hacia conversaciones que blablablean por celular. La palabra que buscaba Freud es la palabra que produce escucha. Y esa palabra es la que porta sujeto. A la que se le supone sujeto en el discurso que promueve. Y un analista es quien se construye por sancionar la diferencia que escucha efecto de sujeto en lo dicho o su ausencia.

A que se refiere entonces lo que no es presencial en esto que decimos que nos es presencial. ¿Presencia de qué no hay?

Convengamos que “presencia” tiene una pregnancia imaginaria de sentido de organismo, de apariencia de figura. Alude a lo corpóreo. Lo intuye.

Que es lo que no está en lo no presencial. La distinción que nos indican los tres lacanianos, real, imaginario y simbólico nos permite hablar de varios cuerpos. Seguramente no es el cuerpo que no para de hacerse oír.”No me puedo levantar de la cama””No puedo salir” “Como todo el día” “No me entra un bocado ““nunca me vi tan feo” “Me toco todo el tiempo”. El cuerpo dice sus excesos y cuando eso molesta busca ser hablado.

Tampoco el cuerpo que se ve, a veces dislocadamente, por partes, lacerado por el enfoque sesgado que muestra una frente, hombros que se mueven, que se corre espasmódicamente al techo. Un ojo y luego dos que buscan ser vistos. Mostraciones obscenas por lo impertinente de una enfoque de más, por inestabilidad de la cámara. Y de pronto sólo se escucha porque desparece por decisión de alguno o por decisión de lo real de las redes.

Por cierto no se lo toca, no están presentes los músculos, los huesos, el organismo oloroso, el sudor vergonzante o el perfume seductor. No se toca ni se besa ni se abraza ni se da la mano como desplegaba Elsa Villagra en su exposición “El abrazo y lo intangible”. Encontramos eso sí, pero más fácil de ocultar, velados, los suspiros, las toses, los ruidos gástricos. Ni mencionemos los gases. Es más encubrible este cuerpo virtualizado. La tecnología ayuda a la vergüenza.

Hace poco le relate a alguien que veo semanalmente por videollamada lo que contaba en un video una mujer francesa que se analizó con Lacan. Ella se despertaba a las cuatro de la madrugada todas las noches, angustiada. No sabía porque. Pero una vez recuerda que esa hora de la madrugada era la hora en que la Gestapo allanaba las casas del Gueto del París que habitaba, arrancando a la madrugada a los judíos que trasladaría a los campos. Cada noche era la posible, la que podía tocarle a ella. Cuando Lacan escucha Gestapo escucha geste á peau, gesto a la piel, y se abalanza sobre ella y le acaricia su mejilla. Ella continúa: “esa intervención no hizo que desaparecieran las pesadillas, pero cada vez que me visitaba el espanto, rememoraba la caricia y se me hacía más tolerable. “

El que escuchaba mi relato cuenta más adelante que logró rozar a su hermana, casi acariciarla, que, víctima de una enfermedad esclerosante se le hacía desagradable al tacto. Circula el cuerpo serpenteando sobre palabras.

En una película de ciencia ficción el héroe, asediado por imágenes virtuales, debe acertar disparar sobre un cuerpo real y presente que es la amenaza sobre sí, que debe exterminar. Cómo saberlo en la confusión de lo que ve. De su elección depende su vida. Debe reconocer la imagen falsa de la falsedad de las imágenes que se le presentan. Ve entonces asomar una gota de sudor en la frente de una de ellas, eso lo decide y dirige ahí su balazo. La tensión, el nerviosismo se muestra y muestra algo más. Se lee ahí algo más porque una imagen no sufriría por la escena y eso delata su condición de presenciar el drama ¿Llevaríamos prontamente agua para nuestro molino si supusiéramos ahí sujeto? Un presidente norteamericano pierde su elección porque en la transmisión de la discusión con el oponente una gota de sudor aparece inoportunamente para mostrar todo lo que no decía cuando discurseaba. La imagen de la gota aquí muestra demás lo que no debe. Pasa verdad.

Así que este aparatito virtualizador nos da y nos quita pero no impide una práctica de la palabra. Eso sí nos enseña una nueva forma de resistencia llamada caída del sistema. Lo principal que enseña es que se cae. Lo que Freud valiente advirtió Todo lo que interrumpe la labor analítica es resistencia. Hasta la guerra, decía. ¿Se entendió alguna vez esa terceridad a la que se refería?

Lacan la desaloja del analizante para ubicarla en el analista. La fórmula la resistencia es resistencia del analista se puede entender entonces que la resistencia es pretender comprender. Creer que puede comprenderla y subsanarla interpretando. La resistencia es un corte que no se comprende, sólo se lee y se acepta. Como el corte de sesión. Y de todas las sesiones.

Esta aparatito tan difamado no deja de mostrar sus virtudes y ante el escarnio de que estupidiza, lo que puede suceder, también es cierto como consiguió mostrar lo sustantivo.

Nos muestra que la presencia del analista no se ausenta por este gagdget. La presencia de la palabra tampoco. Más bien deja en claro que la presencia del analista no se reduce a ningún organismo en la escena. Es discursivo, es un semblante de a en la interpretación, de amo en la indicación, aun de saber en ciertas intervenciones en lo real. Es una enunciación que se transmite sin imagen sin huesos sin olores pero… que no se caiga el sistema.

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Alguien, hace un tiempo que lo escucho, se lamenta no poder ponerle un punto final a un trabajo escrito. Sólo depende de él y no puede. No se permite terminarlo y entregarlo. Varios años de exceso en su duración piden el punto a ser puesto. Punto final. El exceso en el freno, tiñe la vida cotidiana. Molesta. La morosidad se hace estilo. Intenta pero la angustia, siempre pronta, recuerda lo que podría llegar a faltar y con esto lo paraliza. Siempre hay algo más por escribir, una palabra más que agregar, alguna más que asegure. Siempre eso.

Sus sesiones trabajan, producen, relatan con facilidad asociaciones sobre detalles. Se ocupa en esto. Aguarda de su palabra nuevo saber. Tiene esperanza que alguna nueva aliviará. Trabaja. Atareada busca. Quiere producir ese punto de coronación. El tejido que entrelaza muestra a veces pero no parece eficiente para disolver. Esta ahí pero no todavía.

Una ocasión muestra novedad. Describe su indecisión sobre si citar o no citar a un autor en un tema que su creación ya ha desarrollado sobradamente. Es ahí que dice “…para citar a...” La escucha me lleva. Como siguiendo la lectura de un prescrito indicatorio le digo “se escucha para citar con ‘s’”. Eso digo. Que se escucha parasitar con “s”. Me sorprende el atrevimiento de las palabras. Lo que me hacen leer. El libre juego que exponen. Se divierten, solazan, parrandean. Me muestran otra vez lo que nunca termino de entender pero me place. Parece mentira a esta altura pero es así. La poesía nunca se acaba. Nunca para de inventar si se para la oreja. Hizo interpretación en ese juego.

Parasitar nos muestra lo aterrador de que si no se sostiene por nuestra complacencia y sumisión, desaparece lo que nos hace vivir. Lo que nos sostiene. Sin eso no somos. Nuestra creatividad atenta contra la subordinación, es un decir propio que nos confronta con los riesgos que implica autorizarse. Qué momento ¡Qué decisión! Con razón no es cualquier paso.

En un cuento que escribí hace tiempo y que ya olfateando algún saber titule “Los silencios del maestro”, el discípulo esgrimía razones de amor, de odio y de ignorancia para alzar su decir. Se erizaba con sus motivos. Ante cada una de estas embestidas el maestro en silencio. Su respuesta silente y silente su posición. Algo entendió el discípulo que pasado el tiempo necesario, emprendió su camino elegido. Me alegra que se me haya anticipado tan claramente cómo se respeta y promueve una posición otra. Que se me haya facilitado temprano en mi formación este entendimiento. Fui favorecido no sé porque, algún maestro quizá. Qué es lo principal que atañe al padre, al maestro y que tiene su sesgo en la posición analista que al decir de Lacan pone entre paréntesis su propio fantasma.

Un padre debe saber respetar las palabras que concibe un hijo con la misma extrañeza venerable de estar presenciando un juego sagrado. A Borges le preguntaron si algunos de sus primeros escritos fueron leídos por su padre, gran lector por cierto. “Claro” dijo “le alcancé alguno” y el interlocutor preguntó “¿y se lo corrigió?” ”Seguro lo hizo, pero nunca me lo dijo”. Saber ser un padre es cuestión de saber respetar la letra ajena. Y al revés, saber dejar de ser hijo es respetar la propia.

Existen diferentes maneras en que los seres vivos se relacionan. Una es esa dependencia absoluta con un cuerpo otro del cual recibe todo, al cual debemos todo, por el que somos todo. Los humanos ejercitamos tempranamente esta forma por nuestra prematurez estructural. La aprendemos desde bebes como la forma de comenzar la vida que nos marca de mil maneras. Brutamente podemos decir que hacemos lo mejor de nuestra historia intentando se disuelva. Porque lo que nos permite al tiempo nos detiene.

Autorización es el nombre de la cura de la parasitosis. Autorización ante sí mismo y ante algunos otros dice Lacan pensando al analista. Entiendan como quieran esto. Pero aquí lo extendemos a la cura en análisis. Autorizarse ante sí mismo, lo que sea que quiera ¿Es lo mismo? Un fin de análisis produce analista. ¿Era esto?

Pero no nos malquistemos con la cita que requerimos a otros, su uso no es invariablemente alienación. No siempre convierte el escrito en monografía, esa dimensión civilizada de la esclavitud en la escritura.

Hace unos días Dalia Malik me hizo saber el nombre de unos pececitos de los que yo conocía su tarea, pero no sabía su nombre. Los peces llamados rémoras, se obstinan en conseguir su alimento de los desechos de la boca de la ballena a la que sobrenadan y es con esos restos que fabrican su alimentación. Hacen con los restos. Con los desechos hacen alimento. No muy distinto de lo que hacemos nosotros cuando fabricamos eso que llamamos arte. Cuando hacemos lo que nos sirve con restos de otros.

Una condición que alcanza que la cita no nos esclavice a la parasitosis es que hagamos de la cita un resto. Autorización para hacer lo que queramos con ese resto. Dejemos entonces que se haga causa de lo que se le ocurra.