Adriana Iglesias

LOS RESTOS

no hay razón para creer
en la verdad
en las palabras

el alma no puede
soportar la farsa
ni el engaño en la mirada

no se abren las puertas
la confianza
quiebra en lo evidente

no hay retorno de la traición
nada cambia

no hay descanso en la fábula
sólo fábula

en lo dicho sin pensar
cae la certeza sin
esperanza

la ternura es una estatua de dolor
no encuentra pedestal que la sostenga

late desespera niega
aciertan las voces
de la sabiduría

no hay amor en sus palabras

LOS RESTOS

Reuní coraje y fui a la casa de mi madre a buscar las cenizas de mi padre. Termine haciéndolo yo, como siempre porque mis dos queridas hermanas tienen como condición en sus vidas estar ocupadas.

O por el trabajo de ellas o por el de los maridos, antes era por los hijos, ahora es por los nietos, pero nunca se han hecho cargo ni de trámites, ni de encargos de la familia ni de resolver donde se operaba el viejo, pero eso sí, de los beneficios siempre disfrutaron.

Mi padre tenía un oscuro sentido del humor, una de las pocas cosas que heredé con orgullo, por lo tanto, logré desdramatizar la situación y reírme junto a mi mama.

Llegue alrededor de las cuatro de la tarde, de una tarde soleada, primaveral. Abrí la reja y ahí estaba la viejita, mas flaquita, mas chiquita pero siempre con una sonrisa.

Entramos y me esperaba una pastafrola de membrillo y unos “yuyescos”, apodo de los mates con yerba orgánica de la vieja.

Hablamos cotidianeidades y le pregunté, como si tal cosa, sin preámbulos ni filtros “¿dónde lo guardaste?”, y ella respondió de la misma forma, “en el estante de los pulóveres de su placard”, “Ahaja” le dije “al fin lo voy a ayudar a salir del closet” Nos miramos y sonreímos con esa complicidad que sólo da el cariño.

Subi al cuarto y cada escalón lo transité paso a paso. Las piernas me pesaban. Recorrí el pasillo mirando los nuevos cuadros que lo decoraban.

Entre a la habitación, abrí el placard, metí la mano en el estante y nada. Volví a meter la mano en ese y en los otros estantes y no había nada.

“Nunca va a dejar de joder este tipo” pensé, mientras gritaba como a los 12 años “¡Mamaaaaaaaa!” ¡no está, ni muerto se queda en casa el culo inquieto!”

Ella asomándose por el descanso de la escalera comenzó a reír a carcajadas. El paso del tiempo convierte lo trágico en burlesco, y el dolor disminuye y las lágrimas se convierten en risas.

De la nada vino a mi memoria el momento en que dejé la casa familiar, dentro de poco se cumplirán 30 años, y los muebles y las cosas fueron cambiando de lugar, y el placard de mi papa ya no era más ese placard.

Él, estaba en otro cuarto y en otro placard.

Baje las escaleras, esperando no tropezarme o que algo extraño sucediera con la urna.

Lo apoyé en la mesa de la cocina y no podía dejar de pensar en las historias fatídicas con las cenizas de otros integrantes de la familia.

“¿Te acordás de lo que hizo la abuela de Susana con las cenizas del abuelo”? le dije a mi madre, acariciando la urna como si fuera una mascota.

“No empieces, que no terminamos más” sonó mi madre firme y clara.

Me callé porque supuse que a pesar de todo ella respetaba más los rituales que yo, y no quería que se sintiera mal, ese iba a ser el último día que su marido en la forma y la consistencia que fuera, estaría a su lado.

Charlamos un rato más. Estaba oscureciendo y le pedí una bolsa de nylon, por si en el auto se le ocurría hacer alguna pirueta.

Nunca fui creyente, a pesar de eso, en el momento que agarré la urna para llevarla al auto además de temblarme un poco las piernas y que el piso me parecía de gelatina, aunque sabía que no estaba ahí, una fuerza extraña me decía que sí, que ahí estaba y que podía decirle todo lo que no le había dicho en mi vida.

Acomodé la urna en el asiento de adelante y le puse el cinturón. Mamá me pregunto con una tímida inocencia “¿se puede llevar ahí?”, levantando los hombros le respondí “supongo que sí, no lo deben haber tenido en cuenta cuando hicieron la reglamentación de transito” y otra vez empezamos a reírnos.

La salude con un gran abrazo y la bese mucho. “Cuando este todo listo, te aviso” le dije y me subí al auto.

Arranque despacio, lo miraba de reojo, quería probar si se mantenía bien en el asiento y tome la Av. San Martin que me llevaba directamente a la Gral. Paz, no era la mejor hora para circularla, pero me sentía con ganas de manejar. Cuando manejo, no sé porque me siento muy relajada y hablo mejor y entonces empecé a hablarle.

¿Sabes una cosa?, estaba convencida de que cuando te murieras mi vida iba a cambiar. ¡Y sí que cambió!, pero no como yo lo esperaba. Tuve que hacerme cargo de todo.

Empezando por la decisión de operarte o no. Mama estaba tan asustada y triste con todo ese cuadro que no podía resolverlo y las otras dos boludas, no lo hacen nunca no lo iban hacer en ese momento.

Sin embargo, dejé de lado nuestra diferencias y desencuentros, y puesto que históricamente fue así, me puse la situación al hombro y arremetí.

Lamentablemente vos, como era tu costumbre, resolviste sin consultarnos ¡qué carajos ibas a hacer! y decidiste morirte antes de que te operen, después de lo que me costó que te atendieran en esa clínica, pero el señor vive como se le canta y el resto tiene que seguirlo.

Tampoco entiendo porque hay que llevar tus cenizas a Laboulaye, ¿Qué hacías en ese lugar?, ¿combatiste con Roca en la Campaña del Desierto? ¿Qué hay ahí para que quieras terminar tus días en un paraje remoto que nadie conoce?

Tenías una mina, ¿qué otra razón puede haber?

Mira, ¡no me importa!, si tenías una mina, dos o mil.

Mamá nunca se quejó, problema de Uds. ¡pero lo que jamás, ni muerta te voy a perdonar!, que a pesar de todo lo que me hiciste, yo, te siga queriendo.

Adriana Iglesias

Cuadro: "deshojando en verano"
Jeuroz'22